Mujeres sin paraíso

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El Sindicato de los trabajadores y trabajadoras del hogar y cuidado de personas (Sindihogar) visibiliza la lucha de personas como Kadilla, Gloria o Tolulope, que día a día sobreviven como pueden en un país ajeno en el que se siguen recortando derechos. Ésta es su historia. Por ROMÁN ALIMENA

Gloria

Gloria | Foto: ROMÁN ALIMENA

La mayoría de las mujeres que emigran a España lo hacen pensando que se dirigen hacia el paraíso. Hacia un lugar donde todo les será mucho más fácil que en sus países de origen. Donde la gente les abrirá las puertas de su casa y de sus corazones. Pero se equivocan. Kadilla, Tolulope y Gloria lo saben bien. “Aquí la vida es muy complicada. Estoy sola con Dios y con buena gente que me acompaña”, dice Kadilla, de 38 años, que vive en Barcelona desde fines del 2006. “Nosotras vinimos a España porque pensábamos que aquí se vivía mejor, pero nos equivocamos. Cuando pueda ahorrar algo de dinero regresaré a Nigeria”, afirma su compatriota Tolulope resignada por la situación que atraviesa en este momento. “La gente si puede abusar, abusa”, confiesa Gloria, boliviana de 59 años, que trabajó en un sitio donde no le respetaban ni el horario de descanso.

[four_columns alpha=”0″ omega=”0″][dropcap_custom]”[/dropcap_custom]Tolulope no obtiene ningún salario a cambio del canguro diario de tres niños. Sólo obtiene una habitación para ella y su hija; ni siquiera comida.”[/four_columns]

Esos angustiosos viajes hasta llegar a España no son más que un eslabón en la cadena de sufrimiento que les avecina. Muchas de las trabajadoras del hogar y cuidado de personas se sienten desamparadas y desprotegidas tanto por la sociedad como por el gobierno. En octubre de 2011, organizaciones de inmigrantes y empleadas del hogar se reunieron explicando que el mayor problema de las trabajadoras domésticas era la precariedad e invisibilidad de su trabajo y, a raíz de los rumores de que la Ley respecto a los/las trabajadores/as del hogar iba a cambiar su normativa dentro del régimen general de la Seguridad Social en enero de 2012, decidieron formar un sindicato que defendiera sus derechos en todos los ámbitos, que sirviera para asesorar a todas las compañeras sobre la nueva normativa y los cambios que el Gobierno español está realizando en la misma y que ayudara a conseguir los mismos derechos que tienen los demás trabajadores. Así nació el Sindihogar (Sindicato de trabajadores/as del hogar y cuidado de personas) que está integrado por personas pertenecientes a diversos países de todos los continentes. A través de él pueden reivindicar sus derechos, reclamar mejoras sociales y económicas pero, ante todo, pueden exigir que se las considere con respeto y dignidad.

“Siempre hubo discriminación en España”

“Yo mi trabajo lo hago feliz, pero la mayoría de la gente nos pone mala cara, no nos respeta”, relata Tolulope, “Siempre hubo discriminación en España.” Tolulope estudió administración de empresas en Nigeria y trabajó en un buffet de abogados, pero en España no le convalidaron el título. Trabajó en una guardería unos años: “Me pagaban muy poco y en negro, luego me despidieron sin más y me dejaron a deber dinero que nunca cobré.” También en la limpieza de un restaurante y en casas de familias, a pesar de haber aprendido el español y haber hecho cursos de informática y cocina. Actualmente cobra una prestación del gobierno de 426 euros, pero sabe que no le alcanza para nada. Es madre soltera y tiene dos hijos más en Nigeria: Osas, de 15 años, y Remmy, de 23, a quien ayuda mes a mes enviando algo de dinero para sus estudios universitarios.

El trabajo de las empleadas del hogar no siempre es reconocido y muchas veces la dignidad de las mujeres es pisoteada: sufren acoso laboral y psicológico. Muchas de ellas trabajan más horas de lo que dicen sus contratos, otras ni siquiera tienen permisos de residencia. Los empleadores se aprovechan de su necesidad de trabajo. “Llevo 3 meses cuidando a los dos hijos pequeños de una chica catalana mientras ella trabaja, desde las 8 de la mañana hasta las 7 de la tarde”, pero a cambio de su trabajo, Tolulope no obtiene salario, tan sólo una habitación, “Es buena chica mi jefa, pero pienso que es injusto lo que hace conmigo.” Tolulope es cristiana y cada domingo desde hace 10 años acude a un recinto de Montigalà (Badalona), donde se reúne con sus pares para compartir rezos, música y plegarias. “Para mí la religión es estar cerca de Dios y lejos del pecado”, explica, “Aquí he aprendido a saber en quién debo confiar y en quién no.” Tolulope es risueña y juvenil, pero ahora dice que no se siente contenta: “El gobierno de España es muy malo con los inmigrantes. La Ley abusa de nosotros.”

Tolulope

Tolulope | Foto: ROMÁN ALIMENA

Antes de la entrada de la nueva Ley, el pasado 30 de junio, las empleadas del hogar que trabajaban por horas cotizaban como autónomas. Después de la entrada en vigor de la Ley, las personas que no obtienen un contrato de trabajo quedan fuera del sistema de la Seguridad Social. Por tanto, no pueden renovar permisos de trabajo ni tienen cobertura sanitaria. La crisis ha hecho que muchas mujeres pierdan sus trabajos, pero la nueva normativa ha sido peor que la crisis, ya que gran parte de ellas ha perdido empleos a causa de esta Ley y otras siguen trabajando en la economía sumergida en acuerdo con el empleador. Se calcula que en España hay alrededor de 700.000 personas que trabajan en el hogar. De ellas, 300.000 cotizan a la Seguridad Social y, de éstas, sólo 90.634 se han acogido a la nueva Ley. Es decir, más de la mitad cobra en negro.

[four_columns alpha=”0″ omega=”0″][dropcap_custom]”[/dropcap_custom]28.000 trabajadoras perdieron su afiliación a la Seguridad Social a raíz de la modificación de la Ley”[/four_columns]

El Secretario de Estado de la Seguridad Social, Tomás Burgos, admite que la nueva ley no consigue hacer aflorar el trabajo sumergido. Verónica Orellana, la presidenta del Sindihogar, sostiene: “Va a resultar muy difícil combatir la economía sumergida teniendo en cuenta que existe otro gran problema: las extranjeras sin papeles.Unas 28.000 trabajadoras domésticas perdieron su afiliación a la Seguridad Social el 1 de julio de 2012, al no conseguir que sus jefes les dieran de alta en el régimen general. “Se trata de las empleadas discontinuas que acudían menos de 20 horas a la semana a diferentes domicilios, que antes podían cotizar por su cuenta y ahora ya no pueden hacerlo”, denuncia Verónica. “El Ministerio de Empleo no tiene previsto un mecanismo especial para solucionar el problema de estas personas”, concluye, recordando que los empleados del hogar no tienen los mismos derechos que otros trabajadores, como el del paro.

“Me vine sola, sin abrigo ni cepillo de dientes”

Gloria está convencida de que todo trabajo es digno y recuerda que se puso contenta el uniforme de empleada del hogar la primera vez que le tocó utilizarlo, pero cuenta que cuando llegó a Valencia le pagaban muy poco porque no tenía papeles. No cobraba horas ni pagas extras, tampoco le respetaban el horario de descanso. Al quedarse sin trabajo, vino a Barcelona, “sola, sin abrigo ni cepillo de dientes”, remarca. Porque Gloria detesta la soledad. Lleva 3 años en pareja y tiene 3 hijos que viven en Bolivia. Viajó a España con el objetivo de juntar dinero para pagar una hipoteca que tenía pendiente. “Antes cuidaba a un señor de 92 años y vivía en su casa.” Por ello cobraba 800 euros. “Tenía suerte de cobrar eso porque hay muchas compañeras que no ganan ni la mitad, pero igual sé que este trabajo estaba muy mal pagado por la cantidad de horas que trabajaba”. Lleva casi 3 años con el permiso de residencia y piensa que si se queda sin trabajo le costaría conseguir otro, pues el panorama en España está complicado. “Me gustaría quedarme en España si tuviera mi trabajo. Soy empleada doméstica pero tengo un status que he ganado y en mi país no puedo tener.”

Asamblea en el Sindihogar

Asamblea en el Sindihogar | Foto: ROMÁN ALIMENA

Las trabajadoras domésticas limpian los hogares de muchísimas personas; es muy común ver cómo se involucran y forman parte de las familias, cuidan de las personas mayores, pero su actividad sigue siendo invisibilizada. Con frecuencia aparecen casos donde la violación de los derechos humanos es moneda corriente. La mayoría de ellas no se siente respetada ni valorada en los aspectos social o económico. “Es algo cultural, donde se nos cataloga como la “criada” o la “chacha”, mal llamado por algunas personas”, sostiene Orellana, “Espero que este aspecto cultural un día cambie.” Da la sensación de que este trabajo siempre estuvo bajo las sombras de las puertas de las casas de los empleadores y todo lo que allí pasaba, quedaba en privacidad.

“Camino mucho y estoy muy cansada”

Kadilla vive con su hija Fátima, de 10 años, en un piso muy pequeño. “Rezo 5 veces al día”, afirma esta devota de su religión musulmana, “Cuando tú tienes confianza, Dios te acompaña, sólo hay que tener fe”. Se considera muy buena trabajadora y le apasiona la cocina pero se gana la vida como empleada del hogar. Trabaja de forma discontinua en dos hogares para una misma familia, pero sólo durante 28 horas al mes. Por ello cobra 300 euros, de los cuales 250 están destinados para pagar el alquiler. “Estoy muy agradecida con esta familia para la cual trabajo porque ellos me hicieron los papeles, pero hace tiempo que me redujeron las horas de trabajo porque la crisis también les afectó.” También se lo agradece a Dios: “La vida es una lucha constante, pero la gente me respeta gracias al alma de Él”. A pesar de su agradecimiento, no puede ocultar el desánimo por su situación económica. Kadilla pasa buena parte de su tiempo buscando trabajo más trabajo: “Camino mucho y estoy muy cansada.”

Kadilla

Kadilla | Foto: ROMÁN ALIMENA

A pesar de todo, Kadilla se siente más tranquila viviendo en España porque Nigeria, dice, “es un país muy duro para vivir, con un gobierno muy corrupto.” Lleva más de 6 años viviendo en Barcelona y todavía no pudo volver a su país. “Cuando Dios disponga, iré”. Allí le gustaría tener su propio restaurante y cocinar para mucha gente. “Echo mucho de menos a mis hermanos y a mi madre, que falleció hace 6 años.” Hace más de 2 de la última vez que Gloria vio a su familia. “En un futuro me encantaría viajar y  poder montarme mi propia empresa en mi país y no sufrir por el dinero.” Tolulope no ha vuelto a su país desde que llegó a Barcelona, hace 7 años. Cada día habla por teléfono con los suyos, uno o dos minutos, para sentirse cerca. “Mis hijos han crecido y yo no lo he podido ver. El más pequeño pregunta por mí todo el día.”

[four_columns alpha=”0″ omega=”0″][dropcap_custom]”[/dropcap_custom]A mi alrededor veo que, como mujeres, notamos que no hicimos nada por nosotras. En el paso del tiempo se quedaron congelados nuestros sueños.”[/four_columns]

“Yo tengo fe en que el ‘Sindihogar’ nos ayude”, desea Kadilla, “Es importante que estemos unidos en la lucha” Tolulope comparte su opinión sobre el sindicato: “Está muy bien tener una asociación que defienda nuestros derechos”, afirma, “Somos mucha gente con poco dinero, pero unida por una misma lucha. Aquí he encontrado gente en quien confiar.” Gloria sabe que “el trabajo del ‘Sindihogar’ tardará tiempo en dar resultados”, pero confía que su trabajo servirá y llegará hasta las nuevas generaciones. “A mi alrededor veo que, como mujeres, notamos que no hicimos nada por nosotras”, concluye, “En el paso del tiempo se quedaron congelados nuestros sueños, nuestros anhelos”.
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‘Mujeres sin paraíso’ fue el proyecto final de Román Alimena, alumno del curso ‘Fotoperiodismo libre 2012/2013’. Aquí puedes ver todos los trabajos que el alumnado presentó.

 

 

 

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