Recuperar el instinto

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Aineto es una ecoaldea fundada a finales de los 70 y autogestionada por  medio centenar de personas. En una de las casas, Lía y Agus viven gracias a una economía de subsistencia y la venta de cosméticos ecológicos. | Por AITOR FERNÁNDEZ

Lía | Foto: AITOR FERNÁNDEZ

Lía | Foto: AITOR FERNÁNDEZ

Existen muchos mundos lejos de los que viven sumergidos a diario en la supuesta crisis económica. A mí esos mundos son los que me interesan. Los mundos formados por personas que desafían lo que nos imponen al nacer y se esfuerzan por autogestionar su propia vida, de la forma que sea. No son perfectos (¿qué es la perfección?), pero esa valentía de dar el paso los hace merecedores de toda mi atención.

Conocí a Lía cuando entré a trabajar en una financiera (¡todos tenemos un pasado por el que somos lo que somos!) Lía era mi tutora y me pusieron en su mesa. ¡Qué suerte que me hubiesen sentado con una tipa de vida tan increíble, con tanta experiencia vital! ¡Qué paciencia tenía para ayudarme! Nuestra jefa nos miraba mal cuando teníamos “una de nuestras conversaciones” “¿Tendré algo que enseñarle yo a esta persona?”, pensaba. Pues sí. Porque aquella financiera-secta fue el revulsivo que los dos necesitábamos para emprender nuestro camino. A mí, a los 6 meses me echaron y ella no duró mucho más. Y seguimos buscando. Por caminos separados.

Decir “no” al camino impuesto no es nada fácil, ni algo que todo el mundo quiere o necesita hacer. Cuando lo haces hay gente que te mira con asco y otros con una rara admiración: “¡Qué suerte tienes, trabajas en lo que quieres!”, te dicen. “¿Y por qué no lo haces tú?” “¡Es que yo tengo una hipoteca!”, te contestan. Entonces te callas mientras piensas: “¿De cuántas vidas disponemos para vivir como queremos hacerlo?”

“Le puse ganas y me desafié a mí misma”

Aineto es una localidad del prepirineo oscense que fue repoblada a finales de los 70 por un grupo de jóvenes nacidos en la ciudad. Tras asociarse con otras localidades con la misma iniciativa, consiguieron la cesión del pueblo por parte del Gobierno de Aragón hasta el año 2017. Aineto es uno de los proyectos rurales autogestionados más lonjevos que existen en la Península, junto con el navarro Lakabe.

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Hace tres años el núcleo familiar de Lía pasaba por un momento difícil cuando ella le propuso a sus hijos adolescentes ir a vivir, precisamente, a Lakabe. “Ahora sí que se te fue la cabeza”, le dijo el pequeño cuando una mañana se encontró el cable de la televisión destrozado. Pero finalmente los convenció. Insistió para quedarse, lo que no fue fácil, porque es difícil entrar en un proyecto autogestionado: “Le puse ganas y me desafié a mí misma, trabajé mucho para ser aceptada.” En Lakabe se autogestiona todo y eso supone mucho más trabajo del habitual, por eso recae más cantidad de trabajo sobre una misma persona. Lía se ocupó de las ovejas y de la panadería.

Hoy los hijos de Lía agradecen a su madre que les haya dado la oportunidad de conocer esa nueva realidad: “Valoran mucho lo que han aprendido, han logrado cuestionarse a sí mismos y al sistema.” En Lakabe aprendieron nuevas profesiones, formas más humanas de relacionarse y lograron independencia. Un año después, Lía conoció a su actual compañero, Agus, que fue uno de los fundadores de Aineto, y se fue a vivir con él.

Es en Aineto donde Lía y yo establecemos una frenética conversación que dura toda la tarde y parte de la noche. En ella nos explicamos los porqués de nuestras decisiones. “¿De qué nos sirve ir de manifestación en manifestación si luego no nos hablamos con el de enfrente?”, me dice Lía, que hace mucho tiempo que dejó de ir a gritar a la puerta de las oficinas de los políticos y de tratar de convencer a la sociedad. “Estamos aquí y ahora y tenemos que partir de lo que tenemos para empezar a construir.”

Aineto | Foto: AITOR FERNÁNDEZ

Lía, Rosita, Estrella, Gaya y Aineto | Foto: AITOR FERNÁNDEZ

Economías particulares con encuentros asamblearios

Aineto y Lakabe son dos proyectos alternativos similares en algunos puntos, pero con enfoques sustanciales diferentes. Lakabe es un proyecto más comunitario. En Aineto, sin embargo, no existe una economía común, sino varias economías individuales que se comparten y una asamblea periódica donde se toman las decisiones que afectan a todas. Hay quien vive de sus propios recursos y hay quien trabaja fuera. Pero, como en Lakabe, todo el mundo se conoce y trabaja por el objetivo común de mantener el proyecto vivo. En el edificio bautizado como ‘Casa del Pueblo’ se realizan las asambleas donde se toman decisiones como la periodicidad del talado de árboles del bosque, pero también se organizan encuentros e incluso un festival de cine.

En la parte más alta del pueblo hay una escuela rural en la que una maestra acompaña en su enseñanza a todos los niños y niñas que viven en la aldea, una veintena. “No se trata de una escuela libre”, matiza Lía, “pero sí tiene ciertos aspectos compartidos.” Detrás de la enorme placa solar que proporciona energía al edificio se escucha a los niñxs conversar y reír.

La economía que Lía y Agus se han creado es muy sencilla, pero suficiente para sobrevivir sin tener que rendir en más objetivos que los que necesitan. Cultivan una huerta, recogen aceituna y hace un año que tienen dos vacas, Estrella y Rosita, que acaba de parir una ternera. Ésa era la mayor preocupación de Lía cuando le dije que iba a ir a visitarla: “Nos está dando mucho trabajo, le cuesta mucho mamar y tenemos que ayudarla durante horas porque sino morirá.” Quince días después, la ternera Gaya (nombre que hace referencia a la Tierra como la diosa más primitiva de la mayoría de culturas antiguas) corretea en los prados en los que Lía pastorea diariamente.

Pero Lía y Agus no sólo viven de la huerta y la venta o intercambio de quesos o leche (sabor que me hizo recordar la infancia con mis abuelxs). También hace un año que comenzaron a investigar la fabricación de cosméticos y otros productos de higiene manufacturados de forma ecológica. Jabones naturales, pomadas y champús con la marca Alquimia de Aineto que hoy distribuyen de forma local, al igual que compran sus ingredientes a productorxs locales.

¿Mundos bucólicos?

Los conflictos de convivencia existen en todas las sociedades y en todos los grupos humanos hay establecidos sistemas de poder. Aineto no es una excepción. La diferencia es que aquí esos sistemas no son económicos y la asamblea intenta trabajar en ellos. Como yo conozco la paciencia que tiene Lía, me imagino que ella será una de las principales personas que tratará de resolver esos problemas. “Cuando tienes un conflicto es mucho más intenso”, afirma, “porque aquí todos los días convives con las mismas personas.”

También cuesta más tomar decisiones, pues todas ellas se deben de tomar por unanimidad. “Cuando entra una persona al proyecto tiene un tiempo de prueba en el que la comunidad decidirá si se quedará o no.” Y son las relaciones humanas que se hayan generado durante ese tiempo las que decidirán la aceptación. Tomar una decisión como instalar una red wifi podrá crear conflictos que se prolonguen durante meses. Pero lo bueno de los conflictos humanos es que se pueden solucionar, ya que en este caso no están sustentados en el poder adquisitivo.

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Uno de los grandes retos de Aineto es pensar en el futuro. En el pueblo hay niñxs y adolescentes, pero los jóvenes acaban marchándose a emprender nuevos proyectos. “Eso es algo en lo que tenemos que pensar”, sostiene Lía, “porque si nuestro sistema no se basa en pensiones, ellos serán los que tendrán que sostenerlo.” La dureza del trabajo le hace pensar en la supervivencia del futuro de la aldea.

Sin embargo es esa misma dureza la que hace que uno se reencuentre con su instinto. Lía me cuenta cómo un día se le escaparon las vacas debajo de la lluvia y tuvo que caminar kilómetros hasta encontrarlas: “¡No te puedes imaginar el miedo que te entra cuando estos bichos se ponen a correr!” Pero las localizó, encontró el camino de vuelta y las metió en el establo. “En ese momento sentí que era capaz de hacerlo y mi autoestima creció.” Un autoestima que ya no dependía de la palmadita en la espalda de cualquier jefe.

Lakabe y Aineto no son proyectos perfectos, pero sí experiencias que hace mucho tiempo que han demostrado que es posible crear nuevos sistemas de vida y que es posible “desaprender lo aprendido y recuperar lo olvidado”, como lo expresa Lía. Son oportunidades reales de recuperar nuestros instintos y evolucionar como grupos humanos. “No sé dónde acabará mi vida”, concluye, “pero lo que sé es que lo que me queda por vivir es mucho más saludable que lo que he vivido.”

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About Aitor Fernández

Fotoperiodista freelance para el massmedia hasta que fundó DateCuenta. Entre sus proyectos destacan “Las voces de los cayucos”, “Mujeres valientes” o “Vencidxs”, donde se recuperaron más de 100 memorias orales para entender nuestra historia más reciente. También es docente en nuestra escuela de comunicación libre.

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