Ser luz en la tiniebla. Así nació el proyecto Vencidxs

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Mucha es la gente que nos pregunta de dónde salió este titánico proyecto, por ahora el más grande nunca realizado de forma autogestionada que agrupa y reivindica las luchas sociales de nuestros antepasados. El coordinador del proyecto lo explica así en el prólogo del libro, que ya puedes comprar en este link.
Por AITOR FERNÁNDEZ

Detalle del libro "Vencidxs", en el que se encuentra este prólogo. | Foto: DATECUENTA

Detalle del libro “Vencidxs” con el que se abre este prólogo. | Foto: DATECUENTA

A mis abuelxs, que fueron luz
en un mundo de tinieblas

En una pequeña aldea del Bierzo pasé los veranos de mi infancia junto a mis abuelxs. Mi abuelo se llamaba Antonio y era un ser humano hecho de carácter y dulzura. No hay nada que le gustara más que estar rodeado de gente. Se encendía su Ducados y se servía un vaso de vino para disponerse a celebrar la compañía de lxs demás mientras empezaba a contar historias sin parar. Nunca tuvo ningún reparo en contar sus vivencias de la guerra, a pesar de que mucha gente no le escuchaba demasiado. Pero yo sí. Aunque entendiera poco. Lo recuerdo especialmente una mañana, a la hora del desayuno. Yo tenía diez años. Recitó dos poemas que él mismo había compuesto en las trincheras y se sabía de memoria. Hablaban de la miseria vivida en el mismo frente. De los piojos, de las chinches que le comían la piel. Por entonces yo pensaba que todos los niños del mundo debían de tener un abuelo que había estado en la guerra, que aquello era lo común. Y quizá sea así, pues nuestra historia es una historia de guerras. Aquel verano, como siempre hacía, lloró amargamente cuando tuvimos que regresar. Quizá ya intuía que no lo íbamos a volver a ver.

[four_columns alpha=”0″ omega=”0″][dropcap_custom]”[/dropcap_custom]Durante muchos años pareció que las historias que mis abuelxs me contaron no fueran lo suficientemente importantes para aparecer en ningún libro”[/four_columns]

Todos mis abuelos vivían en la zona dominada por los sublevados y, de una forma u otra, estuvieron sometidos a la represión. Decenas de historias atestiguan el sufrimiento que tuvieron que pasar, pero esas historias no estaban escritas en ninguna parte. Mi abuela, Aurita, recordaba el miedo que pasaba por las noches al haber sido asaltada por los escapados. Mi otra abuela, María, quedó viuda con una hija pequeña cuando su marido murió en el frente. Durante muchos años pareció que las historias que mis abuelxs me contaron no hubiesen existido, o no fueran lo suficientemente importantes para aparecer en ningún libro de texto. Pero aquellas vivencias eran inmensamente más interesantes que la Revolución Francesa o la jodida historia de los Reyes Católicos, que nos contaron una y otra vez en la misma versión.

Esa relación truncada con mi abuelo, con el que no pude hablar nunca más porque murió aquel mismo otoño, me llevó a querer saber más y documentar en el año 2001 la despoblación de las zonas rurales del Bierzo. Viajé hasta la comarca leonesa una y otra vez para hacer, durante un año, más de dos mil fotografías. En ellas busqué las causas de la desaparición del modo de vida rural. Algunas tenían que ver con la guerra del 36. Así que un día de ese mismo año contacté con una iniciativa recién creada llamada Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. En Ponferrada, Santiago Macías me vino a buscar a la estación antes de irse a trabajar. “Has contactado con las mejores personas con las que podías haberlo hecho”, me dijo. Luego me explicó que ellos acababan de abrir la primera fosa de España con métodos arqueológicos. ¿Fosas? ¿Muertos en las cunetas? ¿Delante de qué historia estaba? Meses después, él mismo la puso delante de mí.

Antonio Olmo, Aurita Farelo y María Cañada. | Fotos: MANUEL OLMO (las dos primeras) y AITOR FERNÁNDEZ

Antonio Olmo, Aurita Farelo y María Cañada. | Fotos: MANUEL OLMO (las dos primeras) y AITOR FERNÁNDEZ

“Ahora pasaron los años y quedaron los hechos. Vosotros proceded bien para llegar a esta edad y estar tan tranquila como yo estoy.” Ésas fueron las primeras palabras que Francisca Nieto, Paquina, me dijo. Ella me abrió un mundo nuevo mediante frases que sólo he entendido con el paso del tiempo y de las investigaciones. “Hoy no oís nada más que lo que ellos quieren decir”, me explicaba Paquina, que fue encarcelada por ayudar a los guerrilleros. “Mi hijo, con el hijo de una presa, me venía a cantar a la ventana de la cárcel esa canción de… A ver si me acuerdo… Madre, la del cabello de plata / que en tu regazo sublime / cuando me hiciste soñar…” ¿Para qué había ido a la escuela, si nadie había sido capaz de explicarme la historia de Paquina, de Teresa Álvarez, de Vicente Moreira, de Benjamín Rubio, de Isabel González?

Esa historia que yo estaba tocando con la punta de los dedos seguía viva, aunque no por mucho tiempo más. Nadie lo había hecho y yo tenía que atraparla. Pero mi vida siguió y mi proyecto se detuvo. Todavía no tenía la suficiente inteligencia, la suficiente experiencia para hacerlo. Entender la historia cuesta mucho tiempo, y más cuando tu mente ha sido envenenada con cientos de tabúes desde la escuela: en las universidades, en la vida cotidiana, en los medios de comunicación, en el trabajo.

[four_columns alpha=”0″ omega=”0″][dropcap_custom]”[/dropcap_custom]La guerra civil había sido, en realidad, una guerra de clases”[/four_columns]

En el año 2007 fui a conocer al anarquista Abel Paz, que vivía a tres paradas de metro de mi casa. “En España”, me explicaba empalmando Ducados de la misma forma que hacía mi abuelo, “no había abundancia en la comida, pero había cariño en la gente.” Abel me había dado la clave y en un momento todo encajó en mi cabeza: “Lo menos importante es que todo el mundo pase hambre, porque entonces todo vendrá a mejor”, prosiguió, “El problema es cuando tú pasas hambre y el otro se hincha.” Nuestrxs abuelxs habían apretado demasiado el resorte de las ansias de justicia que había hecho saltar todo por los aires. La guerra civil había sido, en realidad, una guerra de clases.

Después de conocer a Abel me prometí a mí mismo que yo debía contar la historia de nuestrxs abuelxs. Y yo, que no entiendo esta profesión si no es viviéndola a contracorriente, un día me lié la manta a la cabeza y, sin esperar las ayudas prometidas que nunca llegaron, decidí abrazar a la generación más joven que vivió esa guerra de clases. A lxs jóvenes y adolescentes que se organizaron para plantarle cara al fascismo y hacer de este mundo algo mejor. Cometieron errores, sin duda, pero por lo menos lo intentaron. Unieron esfuerzos en una alegría colectiva nunca vista, tocaron la utopía con la punta de los dedos e hicieron posible una historia que mucha gente ahora desconoce. Que mucha gente juzga.

Teresa Álvarez y Paquina (enlaces de la guerrilla) y Abel Paz (anarquista y exiliado). | Fotos: AITOR FERNÁNDEZ

Teresa Álvarez y Paquina (enlaces de la guerrilla) y Abel Paz (anarquista y exiliado). | Fotos: AITOR FERNÁNDEZ

[four_columns alpha=”0″ omega=”0″][dropcap_custom]”[/dropcap_custom]Vencidxs es producto del trabajo voluntario de 12 personas, de un proyecto de más de 100.000 euros que ha salido adelante sin subvenciones”[/four_columns]

Vencidxs lo hemos hecho con nuestros propios medios y gracias a la ayuda de personas que creyeron en nuestra lucha con pequeñas cantidades de dinero, pero sobre todo gracias al trabajo voluntario de una decena de personas. Un trabajo que es impagable aunque algún día lleguemos a recuperar todo lo invertido. Hemos hecho mucho con muy poco y de la mejor forma que lo hemos sabido hacer. Recorrimos doce mil kilómetros viajando en un coche destartalado. Dormimos donde nos ofrecieron un sofá. Comimos lo que nos pusieron en la mesa, lo que comprábamos en el supermercado. No había descanso posible porque teníamos el tiempo justo. Grabamos 170 horas de testimonios. Nuestra historia dentro de tres cajas de zapatos llenas de cintas.

A finales de 2011, lo más urgente ya estaba hecho. Pero gestionar este monstruo nos llevó mucho tiempo más. Había que dar voz a lxs cien personajes y había que hacerlo bien. Había que interesar a lxs más jóvenes, conectándolos con el hoy y con sus problemas, que son los mismos aunque de otro color. A lxs jóvenes que necesitan redescubrir la alegría, la solidaridad, alejarse del individualismo de esta fuerza asfixiante que se llama capitalismo, de cuyas migajas dependemos para sobrevivir. Decidimos ofrecerlo en tres partes: un documental, un libro fotográfico, una página web. En los tres proyectos están los testimonios de estxs cien vencidxs. De estxs cien Antonio Olmo. Para que cuando lxs jóvenes decidan construir la sociedad que se merecen puedan ver cómo lo hicieron sus antepasadxs. En estas páginas quedan reflejadas las dudas, los errores cometidos de nuestrxs abuelxs, estxs resistentes invencibles involucrados en la guerra que no querían vivir. Nuestrxs abuelxs que no consiguieron unirse del todo por el objetivo común, como tampoco nos unimos ahora para lograr lo que queremos.

[four_columns alpha=”0″ omega=”0″][dropcap_custom]”[/dropcap_custom]Vencidxs llega en el momento más difícil, pero más necesario.”[/four_columns]

Yo creo que Vencidxs llega en el momento más difícil que ha tenido que vivir mi generación, por eso lo considero el momento más necesario, aunque nos cueste mucho más hacértelo llegar. Vencidxs es la historia de nuestro pueblo, sea cual sea, porque es la historia de todos los pueblos del mundo. Hemos fijado para siempre las palabras. Las mismas palabras vistas desde muchos puntos de vista, el testigo para quien lo quiera coger, la historia de David contra Goliat, de la generosidad contra quien emplea mal su riqueza material. La flor de la palabra que nadie podrá arrancar de la tierra a pesar de las armas, la cárcel, la represión y las guerras. La historia de los que fueron luz en un mundo de tinieblas.

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Vencidxs es un proyecto de la historia de nuestros pueblos, hecho por nuestros pueblos. Pero para seguir sacándolo adelante necesitamos tu colaboración: aporta y difunde lo que nosotros hemos rescatado. Muchas gracias.

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About Aitor Fernández

Fotoperiodista freelance para el massmedia hasta que fundó DateCuenta. Entre sus proyectos destacan “Las voces de los cayucos”, “Mujeres valientes” o “Vencidxs”, donde se recuperaron más de 100 memorias orales para entender nuestra historia más reciente. También es docente en nuestra escuela de comunicación libre.

There are 6 comments

  1. Julia Gómez Martín

    No sé que ha pasado con mi comentario, sin terminar. Pero no importa. Gracias por todo lo que hacéis. Contribuyo como puedo, pasando lo que me llega en el ordenador y seguiré haciéndolo. Es muy importante que lo que tantos han callado, salga de una vez a la calle. Yo solamente estoy escribiendo la historia de mi madre, y me cuesta muchas lágrimas, pero cuando lo termine ya os lo haré llegar. De momento he terminado lo que convivimos desde que nací a su muerte y ahora empezaré con la de mi padre. Porque yo tuve la “suerte” de que los dos salieron de mi vida con 18 meses de edad y a ella solo pude verla aunque en la cárcel durante 18 años, pero a él no l conocí hasta mis 36 y solamente tuvo 6 ocasiones de convivir unos dias “de vacaciones” y, eso sí, morir en mi casa en la última visita que duró 4 dias… UN ABRAZO Y OTRA VEZ GRACIAS!

  2. ELENA BEATRIZ MUÑOZ ILINCHETA

    ES HORA DE QUE SE EMPIECE A HABLAR DE TODO LO QUE SE TUVO QUE CALLAR, LES DESEO QUE ESTE TRABAJO TENGA UNA REPERCUSION IMPORTANTE DESDE LUEGO ES NECESARIO PARA TODOS LOS QUE SUFRIMOS LA ANGUSTIA DE NUESTROS PADRES, Y CREO QUE ES IMPORTANTE PARA QUE SE SEPA LA VERDAD. MUCHA SUERTE

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