Un día cualquiera: crónica de la masterclase con el cineasta Lluís Escartín

Un día como otro día. Como si hubiese sido ayer o anteayer o mañana o pasado mañana o como un día de enero o febrero o marzo o abril.

Un día cualquiera.

En el calendario de la cocina, 1986 habría ofrecido sus días como hojas caídas o tentempiés o citas o reservas o fechas para ser señaladas en rojo.

En algunos de esos días de 1986, tendría veinte años el fotógrafo y cineasta Lluís Escartín (Barcelona, 1966), poeta de la vie quotidienne que realizó una masterclass para la escuela libre de comunicación DateCuenta, en el centro cívico Pati Llimona, el 25 de enero.

Por JESÚS MARTÍNEZ | @reporterojesus

masterclase con el cineasta Lluís Escartín

Con veinte años uno se siente fuerte o invencible o insuperable o eterno o imperecedero aunque uno sea pobre o asustadizo o no tenga estudios o sea insufrible o sea joven. Hace muchos años que todos tuvimos 20 años.

Ese día cualquiera de mayo o junio o julio o de ayer o de mañana, Lluís cogió su cámara de mercadillo, de esas del siglo XIX con el obturador atascado, una lámina sensual de quita y pon para tomas inocentes, exposiciones de tres segundos sin más pretensiones.

Salió de casa.

Podría haber sido un lunes o un martes o un miércoles o un sábado o un lunes.

Podría haber caminado en dirección al mar y sus espigones, por aquí o por allá o por Via Laietana o por el paseo Picasso o por el paseo Lluís Companys.

Podría haber entrado en la Estació de França, con ese aire de Torre Eiffel horizontal, con sus hierros forjados o sus despedidas «orgánicas» o sus pañuelos sucios o sus maletas o sus besos.

Podría haber salido de la Estació de França por alguna de sus tres puertas, con arcos o estructuras metálicas o verjas bordadas o escaleras montadas o decoraciones y calambres.

En los alrededores de la Estació de França, en el paseo Circumval·lació o en la calle del Doctor Aiguader o en la calle Moscú o Comerç o Argentera, Lluís Escartín se percataría de un banquito de madera con dos hombres sentados:

masterclase con el cineasta Lluís Escartín
Fotografía de WAYRA FICAPAL

En una punta, un señor muy mayor, viejito, con un sombrero Bailey años veinte y cinta de grogrén, con corbata y nudo Windsor, con un terno gris claro tirando a barlovento, con pesadas gafas de cristal grueso, las mismas de Allende o de Caro Baroja o de Azcárate o de Carrillo o de Chacel, con las robustas manos que sostenían un bastón que podría haber sido un cayado o una cachava o un báculo o un pilar o el leño de un árbol caído, manos que habrían padecido la guerra civil, y si no padecido, al menos acariciado o tocado o prensado o agarrado o ventilado.

En la otra punta del banco, un señor no tan mayor, con chaqueta de cuero otomano y corbata y nudo Victoria, con unos zapatos lustrosos propios de un secretario de Estado, con un maletín de trabajo repleto de papeles o libros o dosieres o informes o manzanas, con los ojos cerrados para tomar el sol, vuelto al sol, tocado por sus rayos.

«Vi esta imagen y me dije: “¡Guau!”. Era como un misterio, el misterio de la vida y la existencia que nos interroga para saber quiénes somos. No sé. Me paré. Saqué la cámara. No pedí permiso, tampoco tenía que hacerlo. Me acerqué un poco para tener profundidad de campo. El background lo dejé fuera de foco. Disparé. ¡Guau!», exclama Lluís Escartín, poeta de la vida cotidiana, que es la vida de la ropa tendida o el olor a fritanga o el sudor o la póliza o llegar tarde. «Quizá la foto de estos señores en un banco es la mejor foto que he hecho en mi vida.»

Residente en Estados Unidos durante muchos años («país dinámico y abierto»), Lluís ya había explorado o documentado o venerado o recogido o grabado los «momentos del día» –de un día cualquiera– debido a su «obsesión por la imagen».    

Se compró una Nikon FM2 que se convirtió en una extensión de su cuerpo con la que retrataba «bellísimas cosas», y exponía el negativo dos veces para conseguir «pequeños milagros». Algunos de esos retratos pertenecen a «mendigos», seres que define como «galácticos», ya sea en el Lower East Side de Nueva York o en la Barcelona que precedió a los Juegos Olímpicos o en África o en Asia o en el balcón.  

Colaboró con los medios. Persiguió la noticia con los ojos, a pesar de ser daltónico («querer ser fotógrafo y ser daltónico es como ser homosexual en la Edad Media»). Cubrió acontecimientos históricos como la caída del Muro de Berlín («hacía un frío terrible, las baterías se congelaban»), donde hizo una mítica foto: First Hole. Se apegó a la naturaleza para observar a los indígenas que escuchaban los insectos. Le enviaron a los conflictos bélicos, por lo que se cruzó con el Subcomandante Marcos, en la selva lacandona, en Chiapas («sabía que un tipo con un [revólver] 357 Magnum o una [ametralladora] M60 debía de ser alguien importante»).

«Eran fotos tristes, gloom, gore, duras, espectaculares, fotos pornográficas por las que padecí, años después, estrés postraumático.»

Nunca perdió de vista la fotografía del banquito en las cercanías de la Estació de França, «el misterio de la vida».

«Quería transmitir la sensación de tiempo, el ritmo. Y esa necesidad me llevó al cine, donde me sentía más cómodo», infiere.  

Las películas del cineasta Lluís Escartín (75 Drive-a-way, de 1991; Texas Sunrise, del 2002; Terra Incognita, del 2005) juegan con el sinsentido experimental del ars combinatoria del humanista Ramon Llull. La cámara sigue el cable de electricidad hasta el horizonte, que es la nada.

«Siempre he tenido una intención de joder, una filosofía punk, que es aquello de fuck everything. Me digo: “estoy abajo, no puedo estar más abajo, aquí abajo me quedo y voy a hacer lo que me dé la gana”», disfruta.

Abajo, el éxito pasa de ser algo atractivo a ser algo sospechoso o de mal gusto o estúpido o incongruente o un fracaso, que es lo mismo.

Abajo, todo da igual, y las respuestas de Lluís se ríen de sus preguntas: «no tengo ni idea» o «sí, es verdad» o «cualquier cosa que diga parecerá que es una tontería» o «no me acuerdo» o «guau».

Abajo, el desierto o la mochila o el saco de dormir o la tienda de campaña o la pistola («para divertirme, apuntar a las latas; antes no había internet»).

Abajo, las memorias de Luis Buñuel (Mi último suspiro) o el Don Juan de Byron («la ambición, la avaricia, la venganza y la gloria enviscan») o los cortadillos de cidra o el post rock de There Is a Light (A long lost silence).

Abajo, dos señores sentados en un banquito de la calle, un día cualquiera.